DIARIO DIGITAL DESDE LA CIUDAD DE MÉXICO PARA
TODO EL PAÍS Y EL MUNDO
Quizá para no encadenarse nada
más a la nomenclatura ajena al laicismo del Estado, lejos de las
tentaciones de San Antonio el Abad, el gobierno de la ciudad le ha
denominado de varias formas al andador construido sobre la línea 2 del
Sistema de Transporte Colectivo.
Le han llamado “Jardín flotante” lo cual deja enanos a los babilonios y
sus cármenes colgantes considerados por siglos una de las siete
maravillas del planeta.
El historiador Josefo (c. 37-100 dC), como todos sabemos, hizo una
somera descripción y cita a Berozo, quien describió el reinado de
Nabucodonosor II. Sólo él le atribuye a ese rey la construcción de los
Jardines Colgantes. ¿El motivo de tan magno empeño? Quedar bien con su
esposa, la reina. Bueno. Esto dice:
“…En este palacio erigió muros muy altos, sostenidos por pilares de
piedra; y plantando lo que se llamaba un paraíso pensil, y repoblándolo
con toda clase de árboles, hizo que la perspectiva se pareciera
exactamente a la de un país montañoso. Esto lo hizo para complacer a su
reina, porque se había criado en Media y le gustaban las zonas
montañosas…”
Pero dejemos la fluvial Mesopotamia en paz con sus ríos y volvamos a los
charcos y lagunas secas de la Nueva Tenochtitlán. Aquí se les llama no
colgantes sino flotantes.
Hasta la fecha nadie ha logrado saber cómo algo puede flotar firmemente
anclado en el piso, con pilotes y concreto. Flotan los corchos en el
agua y la lanchas en Chapultepec, las chinampas y trajineras en
Xochimilco.
Pero los puentes no flotan, ni siquiera los de madera. Mucho menos las
calzadas, las vías o las rúas, excepto en la verborrea de los artistas
“conceptuales” como Gabriel Orozco, quienes hábiles en engañar bobos
(aquí puede usted poner otro adjetivo rimado con espejos), envuelven sus
criaturas en el farragoso lenguaje de la descripción del objeto, como
méritos de la obra, si lo fueran.
Así le vendió Don Gabriel su rollo engañoso al señor de Macuspana cuando
construyó una “calzada flotante” para comunicar el Molino del Rey con la
extensión del parque (ya no es bosque) de Chapultepec en la antigua zona
militar cerca de Cuajimalpa.
La dicha calzada no es sino un andador con patas dinosáuricas, de una
pesadez abrumadora, sin gracias ni estilo; sin diseño; contundentes
sobre el Periférico. Demasiado rollo para la simple palabra puente.
Así pues, ya esa calzada tuvo hijitos flotadores, aunque a la de San
Antonio Abad, para conectar en dos kilómetros Tlaxcoaque con la estación
Chabacano, también se le conozca con el florido nombre de “Jardín
Flotante Tlallipan (“Encima de la tierra”). Si Don Nabuco les dio
colgadura a sus jardines, las gobernantas (con A) de Ajolotitlán los
hicieron flotar.
Dice la información oficial:
“El Jardín Flotante Tlallipan (Calzada Flotante Tlalpan) se ubica en un
corredor elevado sobre la Calzada de Tlalpan y las vías de la Línea 2
del Metro de la Ciudad de México, desde la estación Pino Suárez hasta
cerca de Chabacano”.
Obviamente el dicho jardín no es tal. Es un corredor rectilíneo con
macetas, arriates, toldos y maceteros. Tiene varias fuentes con un
ingenioso ahorro del agua utilizada y una explicación al calce de cómo
se evita el desperdicio: los chorros arrojados por un sistema de bombeo
constante quedan dentro de prismas rectangulares verticales y
transparentes de diferentes alturas. El agua no se derrama y la
evaporación es menor.
Además, el juego visual del agua contenida, es grato y las fuentes
cantarinas de la poesía bucólica, quedan ahora aprisionadas en el
silencio de sus cápsulas de plástico. Fuentes encapsuladas. Agua
encarcelada y silenciosa, diría el poetastro.
La utilidad de la obra, cuyo costo representa una bicoca para esta
opulenta ciudad donde los pobres son primero, se ve bastante
comprometida porque no es, en sentido absoluto, un parque público de
fácil acceso. Está condicionado al Metro.
Lo utilizan muy pocos (me consta) y no tiene ninguna oferta, excepto el
relativo entretenimiento de mirar plantas, flores y agua contenida en
los ya dichos prismas. El domingo sobre unas mesas inmóviles, había tres
tableros de ajedrez sin jugadores, mientras el Zócalo hervía como
colmena.
Y como no tiene acceso excepto en los extremos –como andén de Metrobús—,
no da opciones de uso para quien lo mira desde la calle o a mitad del
tramo.
Y, además, en pleno desafío a la lógica, para no prescindir de la
vocación del gobierno, se prohíbe fumar. No se vaya a suspender la
flotación.
¿Por qué no se puede fumar en un espacio abierto (yo no lo hago hace 40
años)?
Es el misterio de Tlalltipan. Hoy, con el paseo aprovechado por muy
pocos debemos recordar su accidentado origen. Fue parte de la propaganda
urbana durante el Mundial de Futbol. No se terminó a tiempo. Y por las
eternas y siempre rentables prisas, costó mucho más de lo proyectado:
una baba de loro de 2 mil 300 millones de pesos.
¿Para qué? Pregúntenle a Nabucodonosor. Quedar bien con la reina.
Leamos finalmente “La silla rota”:
“…La calzada no sólo se entregará con retraso, sino que el costo será
más elevado de lo que se proyectó: en julio de 2025, la convocatoria
pública de licitación para la obra estipulaba que el capital contable
requerido era de 659 millones 119 mil pesos para el proyecto integral de
la Calzada elevada, pero la licitación del proyecto integral*, estipula
que el monto del contrato es de mil 913 millones 934 mil 355.96 pesos.
“A ello hay que agregar los 88 millones 464 mil 647.74 pesos pagados a
Delta Proyectos y Desarrollo SA de CV para la Supervisión del Proyecto
Integral para la construcción de la Calzada Elevada”.
Parece obra de San Judas Taddei.
*(OTLP-DEPE-L-002-2025, publicada en la Gaceta Oficial de la Ciudad de
México)
rafael.cardoba.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com